martes, 21 de marzo de 2017

Rancios


Francisco Robles. Nos gustan las mañanas luminosas y el bacalao en todas sus variantes: bacalao con tomate, y ese bacalao de terciopelo bordado en un taller artesano, bacalao rebozado en forma de pavías y la Cuesta del Bacalao donde un paso de misterio asciende hasta los cielos de la emoción. ¡Ole! Por las tardes nos dedicamos a buscar los reflejos de la luz en las fachadas que dentro de unos días servirán de telón para la Pasión según Sevilla. Escuchamos redoble de un tambor y la piel siente que se erizan los vellos del alma. Suena Amarguras en un ipod y la emoción nos embarga por dentro. Pasamos una noche de Cuaresma fuera de la ciudad y nos falta el aire donde flota el eco del azahar . Y nos explicamos cómo los habitantes del resto del mundo pueden vivir sin esto.
Si Proust recuperó el tiempo perdido cuando mojón una magdalena en una taza de té, nosotros regresamos a la infancia cuando nos comemos una torrija o un pestiño neobarroco. Estamos hechos para los mostradores de madera, para la frescura que amarillea en la cerveza cuyo nombre no hace falta pronunciar: más allá de la Cruz del Campo no hay vida. Es posible que seamos una mutación de la especie humana que está llamada a desaparecer, un desvarío de la genética, un tropezón de la evolución según Darwin.
Nos reconocemos con un golpe de vista sin necesidad de que nadie nos presente al otro miembro de la tribu, sabemos quiénes son del grupo aunque no llevemos nada que nos identifique. Llevamos el almanaque en el cerebro. Estamos tensos, nerviosos, deseosos de que llegue ese día en que todo empieza...a terminarse. Vivimos en el Barroco como si fuéramos caballeros andantes por la ciudad que nos tiene locos perdidos. Somos unos románticos sin límites. El pasado es nuestro presente de subjuntivo. Y no hace falta que nadie nos lo diga como un insulto o una afrenta. Somos rancios. Y no hacemos nada para remediarlo.
Francisco Robles. Tiempo de Vísperas. ABC
2011

No hay comentarios:

Publicar un comentario